Y cuando los albañiles del templo de Jehová echaban los cimientos, pusieron a los sacerdotes vestidos de sus ropas y con trompetas, y a los levitas hijos de Asaf con címbalos, para que alabasen a Jehová, según la ordenanza de David rey de Israel. Y cantaban, alabando y dando gracias a Jehová, y diciendo: Porque él es bueno, porque para siempre es su misericordia sobre Israel. Y todo el pueblo aclamaba con gran júbilo, alabando a Jehová porque se echaban los cimientos de la casa de Jehová. (Esdras 3:10-11) Yo quería que la noche que fundiéramos la losa de entrepiso de nuestra casa fuera una fiesta de celebración al Señor. Quizás fue presumido de mi parte.
Cuando el sacerdote Esdras nos cuenta lo que hicieron los
hijos de Asaf – cantaban, alabando y dando gracias a Jehová mientras los
albañiles echaban los cimientos – el edificio en mención era el segundo templo.
El primer templo (o de Salomón) había sido completamente destruido por el
ejército de Babilonia bajo el Rey Nabucodonosor setenta años antes, y ahora, conforme
al decreto de Ciro rey de Persia, los judíos habían retornado a Jerusalén a reconstruirlo bajo la dirección de Zorobabel.
Y muchos de los sacerdotes, de los
levitas y de los jefes de casas paternas, ancianos que habían visto la casa
primera, viendo echar los cimientos de esta casa, lloraban en alta voz,
mientras muchos otros daban grandes gritos de alegría. Y no podía distinguir el
pueblo el clamor de los gritos de alegría, de la voz del lloro; porque clamaba
el pueblo con gran júbilo, y se oía el ruido hasta de lejos. (Esdras
3:12-13)
Entiendo perfectamente bien que nuestra casa no se compara
al templo del Todopoderoso Dios de Israel en Jerusalén. Aun cuando la reconstrucción
del segundo templo no fue tan ostentosa como la versión original, nuestra casa todavía
no se compara. Sin embargo, el deseo del corazón de Abbie y mío fue desde
siempre que nuestra casa fuese una morada para el Todopoderoso Dios. Aunque son
dos edificios que no se pueden comparar, sentí que la ocasión ameritaba glorificar
al Señor por Su bondad. Y lo planifiqué de acorde.
La noche que fundimos la losa (es mejor hacerlo de noche
porque la temperatura baja – es más soportable para los obreros y beneficia el
curado del concreto) fue una fiesta. Le pedí a hermana Mirlen Ramos que trajera
su guitarra y un coro de fieles para cantar alabanzas al Señor durante las
labores. Además de los albañiles contratados, varios hermanos de la
congregación se presentaron para esforzarse en las duras tareas de fundir una
losa. Mientras tanto, otras mujeres preparaban baleadas y bebidas para todos.
Para mí fue un dulce momento de celebración y hermandad. Hasta que…
Habiendo terminado el trabajo y disfrutando las baleadas, alguien
me preguntó: “¿Crees que Dios tenga hijos favoritos?”. “¡Claro que no!”,
respondí. “Entonces”, inquirió, “¿Por qué Dios les da a unos más que a otros?”.
No recuerdo qué respondí. Francamente me dolía darme cuenta de que mi gozo
hacía que mi hermano se sintiera de alguna manera excluido. Que me había
ayudado a fundir mi losa, pero resentía no tener la suya.
Lamentablemente, cuando recibes tu bendición, no todos se alegran
juntamente contigo. He visto asimismo que
todo trabajo y toda excelencia de obras despierta la envidia del hombre contra
su prójimo. También esto es vanidad y aflicción de espíritu. (Eclesiastés
4:4)

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