Thursday, August 7, 2014

Números, Números, Números


Eran los días iniciales de la construcción cuando llegó una hermana de la congregación pidiendo ayuda para su hijo. Mientras más me hablaba de su situación, más me daba cuenta de mi ignorancia acerca de todo lo relacionado con drogas. Después de orar con ella, me fui a estudiar. Aprendí que según un estudio de la Academia Americana de Pediatría, cada día, en los Estados Unidos, aproximadamente 4,700 chicos menores de 18 años, prueban la marihuana por primera vez. ¡CUATRO MIL SETECIENTOS! ¡Cada día! Aun considerando que el estudio está desactualizado, es una cifra alarmante.

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Iniciamos las obras preliminares de nuestra casa con gran expectativa. Aunque el maestro de obras Dueñas sólo estaría presente para abrir y cerrar cada día, Segundo se haría cargo de las relativamente simples labores de la primera semana: trazos, niveles, zanjos y armado de hierro. El diseño simétrico y sencillo de la casa debería facilitar aún más su trabajo.

Pero a la segunda mañana Dueñas y yo descubrimos que Segundo se había equivocado en el trazo del día anterior. Nada grave, pero significó quitar las niveletas y repetir el trabajo. Sabiendo que esto no habría pasado si él hubiese estado presente, Dueñas se quedó más tiempo esa mañana rehaciendo el trazado personalmente, mientras Segundo avanzaba con los primeros zanjos. Por mi parte, comencé a comprar los materiales para la cimentación: cemento, arena, grava, hierro. ¿El monto de la primera compra de cemento? Cuatro mil setecientos lempiras exactos.

No esperaba que lloviera, pero llovió. Y llovió en lo que parecía el peor momento posible: ¡cuando Segundo había terminado todos los zanjos! Las paredes de los zanjos se habían desplomado, básicamente rellenando los zanjos hasta la mitad. Con todo ese trabajo perdido y con amenazas de más lluvia, pusimos a Segundo a armar el hierro de las zapatas. Simplemente tendría que sincronizar cuidadosamente la lluvia, el armado de hierro, la limpieza y reparación de los zanjos, la compra de materiales y la contratación de obreros según la disponibilidad de trabajo. Al final de la primera semana, los atrasos no dejaron mucho que mostrar en términos de obra, pero siempre tenía que pagar la mano de obra. ¿El monto de la primera planilla? Cuatro mil setecientos lempiras exactos.

Para entonces, el Señor había llamado mi atención con el número 4,700. ¿Pero qué significaba? Aún no lo entendía. Mientras tanto, descubrí que Segundo había armado mal el hierro de las zapatas aisladas. En vista de que había lloviznas esporádicas, el maestro Dueñas se encargó de desarmar y rearmar el hierro y autorizamos a Segundo un par de días para hacer un trabajito de fontanería en otro proyecto cercano. Entonces salió el sol y la tierra se secó. De repente nos encontrábamos urgidos por rehacer los zanjos, pero sin el obrero para hacerlo, así que contratamos una cuadrilla de Flores de Oriente que hizo el trabajo excelentemente en un par de días. Segundo llegó justo a tiempo para instalar el hierro para las zapatas corridas en el suelo de los nuevos zanjos.

Era ya el momento de comprar los 1,500 bloques para el sobrecimiento. Cualquier atraso en el pedido significaría un atraso en la entrega y, por ende, un atraso en la obra. Tenía 3 ó 4 cotizaciones y ya estaba decidido por un proveedor, pero algo dentro de mí me inquietaba. Por alguna razón, me sentía atraído a una oferta que no era ni por cerca la más barata. Ni siquiera recuerdo cómo había llegado a mí el vendedor, pero decidí que valdría la pena llamarlo y tratar de negociar un mejor precio. Alcancé su tarjeta de presentación y mis ojos reposaron en el número telefónico: 555-4700. ¡Esto era! No sé cómo el Señor lo hizo, pero lo hizo. Finalmente había descubierto el mensaje del cuatro mil setecientos. Llamé al tipo y él fue claro en explicar que me entregaría 750 bloques primero y el resto dos días después, y que la fecha de entrega dependía de que no lloviera. Si llovía, el río se llenaría y no podrían dragar el río para obtener el material necesario para fabricar los bloques. Honestamente, no me importaba. Estaba convencido de que el Señor quería que le comprara 1,500 bloques a este hombre, pasara lo que pasara. Le compré los bloques sin imaginarme por qué el Señor había elegido precisamente a este proveedor.

Cuando vine a revisar el hierro para las zapatas corridas, encontré que Segundo había amarrado todos los bastones al revés. En vista de que el trabajo de fontanería en el otro proyecto se le había ampliado, le cedí otro permiso para terminarlo mientras Dueñas reparaba los bastones y fundía las zapatas. Haciendo un inventario, me daba cuenta que todo trabajo de Segundo se había tenido que deshacer y rehacer. TODO. Algo no andaba bien, ¿pero qué? Fue el mismo Segundo quien aclaró mi inquietud cuando pidió hablar conmigo a solas. “Usted sabe”, me dijo, “que yo también soy maestro de obras y que podría construirle su casa. ¿Por qué no tratamos directamente usted y yo?”. No podía creerlo. Se suponía que Segundo era cristiano. ¡Y oveja de la iglesia que Dueñas pastoreaba! Ahora estaba queriendo quitarle el puesto a su pastor y jefe. Para mí, esto era insólito. Mi fidelidad era para con Dueñas, así que hablé con él. “No sé qué le pasa a Segundo”, dijo. “Nunca ha diezmado y me acabo de enterar que me está dividiendo la iglesia”. ¡Caramba!

De repente, todo vino a mí. Mi oración pidiendo al Señor que santificara esta casa desde los cimientos. La elección del maestro de obras. La fecha de inicio. Todas las obras de Segundo, deshechas y vueltas a hacer por otro. La lluvia deshaciendo los zanjos… Hablé nuevamente con Segundo; no en calidad de jefe o de arquitecto, sino como un hermano en la fe. Traté de hacerle ver que no estaba bien lo que hacía; dividir la iglesia, no diezmar, codiciar el trabajo de otro. No sé si lo logré, pero lo intenté.

Cuando el camión trajo los primeros 750 bloques, Segundo aún trabajaba en la fontanería del otro proyecto y llegó a hablar conmigo nuevamente. Me dijo que aunque no haríamos trato por la construcción de la casa, él me guardaba tanto aprecio que quería REGALARME dos días de su trabajo pegando bloques cuando terminara su proyecto de fontanería. No hallé cómo decirle que no; que el Señor no lo permitiría; que no quería tener que deshacer y rehacer otra obra… Pero el Señor, en su infinita sabiduría, lo tenía todo preparado.

Llovió río arriba, mas no en el valle. La segunda entrega de bloques se atrasó, mas no la obra de nuestra casa. Llamé al 555-4700 para indagar sobre la fecha de entrega con el vendedor, pero ya no trabajaba allí. Al parecer, fui el último cliente que atendió y nadie podía darme mayor información. Cuando Segundo terminó su fontanería y llegó a cumplir su promesa de dos días de trabajo, Dueñas ya había pegado todos los bloques de la primera entrega. No había bloques para que Segundo pegara. De todo corazón le agradecí su gesto, su buena intención; pero no había trabajo para él. Segundo recogió todas sus herramientas y se marchó. El día siguiente llegó el resto de los bloques.


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