Después de la obra gris, vienen los
acabados, y éstos dictan una enorme diferencia entre una casa y otra; no sólo
en estética, sino en costos. Sea para una bodeguita o para un palacio, una
bolsa de cemento gris costará casi lo mismo. Pero el piso de mármol del palacio
demandará un precio muchísimo mayor que el piso de cemento pulido de la bodega.
En nuestra casa, los acabados los decidiría
Abbie. Como expliqué antes, a mí me interesa más el sistema, la estructura, el
espacio. Para ella, lo importante es la textura, el color, la iluminación. Siempre
hemos trabajado mejor dividiéndonos así las tareas. Aún como pastores de Iglesia
Piedras Vivas, yo tiendo a ver lo general, mientras que Abbie atiende lo
particular. Es un buen sistema. Bien dice el proverbio que mejores son dos que
uno, pues reciben mejor pago por su trabajo.
Abbie eligió una cerámica sobria para la
mayor parte de la casa – un color neutro que combinase bien con los diferentes
colores de las habitaciones. Para cada baño escogió cerámicas de pared que hicieran
buen juego con la personalidad de los ocupantes. Una pared de la sala esperaba
desnuda a que su dueña encontrara el revestimiento idóneo. Asimismo, el piso
del vestíbulo aguardaba pacientemente la oportunidad de satisfacer un deseo muy
particular: Abbie quería – aunque fuese solamente en estos 11.50 metros
cuadrados – un porcelanato. Este piso
especial, ¿sería mucho pedir?
Con lo que no habíamos contado era con que,
a la hora de los acabados finales, las reservas financieras estarían bajas. Si bien
cotizábamos y negociábamos en busca de los mejores precios posibles, lo cierto
es que el gusto refinado tiene un costo. Y si el gusto fue refinado decorando
casas de palestinos afluentes (lo digo por Abbie, no por mí), entonces una
chambonada no hace justicia. De hecho, cuando Abbie iba a escoger acabados a
las tiendas, los vendedores se reían porque lo que le gustaba era siempre lo
más caro.
A inicios del siguiente año nos encontramos
queriendo terminar nuestra obra, pero sin suficiente dinero para hacerlo, y comenzábamos
a desanimarnos. Pero el día de consagración de primicias, mi madre comenzó a
orar por nosotros, exhortándonos a no parar la construcción y desatando la
provisión necesaria. A Abbie le dijo: “Dice el Señor que has ido a mucho lugares
y que las cosas que te gustan son caras. Pero Él ha visto tu corazón, ¡y te va
a complacer hasta en los lujos!” Con éstas y muchas otras palabras la alentaba.
Sin duda, el Señor estaba tratando ahora
con Abbie más que conmigo, y esto significaría no sólo guiarla en el diseño y supervisión,
sino en la obtención de los recursos necesarios. Una pastora de otra ciudad
llegó con una visión para Abbie: miraba un camión con muchas cajas que llegaba
a una casa en construcción. ¡Aleluya!
Y así de repente, la provisión comenzó a
llegar. Además del obsequio de la puerta principal, unos hermanos que estaban
remodelando nos regalaron la mayoría de las demás puertas. Alguien nos dio un
lavamanos; otros, una tina de baño. Un hermano nos llevó a comprar lámparas. Por
aquí y por allá, el Señor enviaba lo necesario.
Debo decir que fue un deleite tomar un paso
atrás y ver la mano de Dios moverse. Cuando Abbie pedía mi opinión, sobre todo
si ella dudaba por el alto precio de algo que le gustaba, mi respuesta era
simplemente: “El Señor te dijo A TI que te va a complacer hasta en los lujos.
No a mí. A ti.” Y es así como el vestíbulo llegó a revestirse de porcelantato.

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