En
los orígenes, cuando Dios creó los cielos y la tierra, “aún no había hecho
llover sobre la tierra, ni había hombre para que labrase la tierra, sino que
subía de la tierra un vapor, el cual regaba toda la faz de la tierra.” (Génesis
2:4-6) En el perfectamente controlado ambiente del huerto de Edén, el hombre
andaba desnudo sin preocupación por el clima.
Una serpiente, un engaño y una
desobediencia después, y la primera pareja se halló recibiendo las consecuencias
de su pecado. No sólo serían expulsados del lugar de delicias, sino que de
ahora en más vivirían diversos dolores y la maldición de la tierra, de la cual
ahora comerían con el sudor de su rostro. Desde ese día cuando Dios cubrió a
Adán y a Eva con pieles para que se enfrentaran al exilio de Edén, hemos
necesitado protegernos de los elementos del clima. El calor y el frío, la
lluvia y la sequía, la nieve y las tormentas de arena; hemos logrado adaptarnos
a todos con ingenio y con el sudor de nuestro rostro.
Debo confesar que no termino de entender la
aversión que muchos le tienen al sudor. Después de todo, cumple una función
importante en regular la temperatura del cuerpo. Claro que, si puedo escoger,
prefiero estar en lo fresco que en el calor. Pero no siempre tenemos ese lujo. Ahí,
pienso yo, lo mejor es acomodarse lo mejor posible y tener un corazón
agradecido. ¿Hace calor? ¡Gracias a Dios, porque es bueno para las cosechas!
¿Hace frío? ¡Gracias a Dios, porque dormiremos rico! Mi filosofía no es compartida
por la mayoría, lo sé. Por eso generalmente prefiero que controlen el aire
acondicionado según el termostato de los que son propensos a quejarse del calor
o del frío, y no según el mío.
El diseño de la casa contemplaba circuitos
eléctricos para alimentar una unidad de aire acondicionado en cada habitación,
aunque no teníamos presupuesto para comprar las unidades. Los primeros años nos
aclimatamos con ventiladores de techo y abrir ventanas. Después del susto nocturno
que nos dieron las vacas rumiando en el potrero vecino, y una vez acostumbrados
al ruido de los camiones en la carretera, dormir junto a la ventana abierta era
lo suficientemente fresco. Claro que habría sido mucho más fresco si las
ventanas del otro lado de la habitación también hubiesen estado despejadas,
pero no sería así porque, como pronto me hizo entender mi esposa, el mundo
entero se congregaba afuera de esa ventana para vernos dormir.
El día que alguien nos obsequió una unidad
de aire acondicionado, decidimos instalarla en la habitación de las niñas. Lo
mantuvimos en secreto de Hansi hasta que llegara de la escuela. Cuando lo vio,
¡gritó y saltó de alegría! Francamente no esperé tanto entusiasmo, pero verla
tan feliz me hizo pensar que talvez no sería tan malo tener aire acondicionado
en las otras habitaciones. Lo cual logramos con el tiempo.
Una de mis funciones patriarcales en la
casa Rodríguez Jallú es mantener la cordura termostática de la familia. Podemos
usar el aire acondicionado para dormir más cómodamente, pero a una temperatura
razonable y con un temporizador que apagará automáticamente la unidad en unas
horas. Lo mismo con el calentador de agua, que también fue un obsequio. En mi
mente, si hace tanto calor como para requerir el aire acondicionado, entonces
deberíamos bañarnos con agua fría; y si hace tanto frío que necesitamos
calentar el agua con la que nos bañamos, entonces no necesitamos el aire
acondicionado para dormir. Pero esa es una batalla que pierdo más
frecuentemente de lo que me gusta admitir.

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