Durante el proceso de construcción, en más de una ocasión pareció como que nos quedaríamos sin fondos para continuar. Una y otra vez, el Señor proveía de una u otra forma, hasta que llegó el día en que simplemente nos detuvimos. Quizás nos detuvimos porque se secaron los fondos; quizás se secaron los fondos porque nos detuvimos. Indistintamente, el Señor quiso enseñarnos otra manera.
El primer capítulo de Génesis nos relata cómo fue creado el universo. Todo gira en torno a la frase “Dijo Dios”. Cada cosa que Dios quería crear, la habló a la existencia.
Por la fe entendemos haber sido constituido el universo por la palabra de Dios, de modo que lo que se ve fue hecho de lo que no se veía. (Hebreos 11:3)Conforme a este sencillo principio, e instados por nuestros pastores, fuimos a la construcción. La obra había estado detenida por varios meses ya. Abbie y yo nos paramos en lo que sería el vestíbulo y procedimos a ordenar la materialización de las cosas que faltaban. “¡Sea la cerámica! ¡Sean las ventanas! ¡Sea la puerta! ¡Y que sea roja!”
Mentiría si dijera que sentí un fuego. O escalofríos. De hecho, no recuerdo haber sentido nada en especial (con la posible excepción del deseo de que nadie nos oyera y pensara que estábamos locos). Pienso que así es la fe. Simplemente crees en algo que no puedes explicar. De hecho, crees algo que no es lógico. Si fuese lógico, necesitarías sentido común, no fe. No es sensato pararse en un edificio a medio andar y hablarle al aire. Pero claro, tampoco era sensato que Dios, ante el oscuro vacío, dijese: “Sea la luz”. ¡Pero fue la luz!
Asimismo, fueron la cerámica, las ventanas, y la puerta, puesto que no pasó mucho tiempo antes de que un hermano de la fe nos regalara la puerta de entrada de nuestra casa. ¡Y era roja!
Estoy siendo intencionalmente breve por dos importantes razones: Primero porque no pretendo poder explicar cómo opera la fe. Sólo sé que sucedió. Y segundo, porque no soy quién para decir si tú debes o no debes hacer lo mismo. De otra manera, ¿qué impediría que todos salgamos a "materializar" televisores de plasma, collares de diamantes, y yates de lujo? El meollo del asunto aquí realmente es aprender a discernir la voz de Dios; y eso es algo que nos toma toda la vida. Pero si sabes que sabes que Dios ha hablado a tu corazón, entonces TIENES QUE hablar conforme a la Palabra de Dios. Sea lo que sea.
Si el Señor DIOS ha hablado, ¿quién no profetizará? (Amós 3:8)

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