Francamente no entiendo
por qué a la gente estudiada le resulta tan difícil creer en lo sobrenatural. Entiendo
que una mente entrenada en el método científico estará propensa a querer
resolver todo lógicamente, pero que anulen absolutamente todo lo que se salga
de ese ámbito es como que yo rechace la existencia del chino mandarín sólo
porque yo fui educado en español. Como todos, yo me considero una persona más
inteligente que el promedio (¡Oh, el cinismo!). Pero creo en un mundo visible
que puede explicarse racionalmente, ASÍ COMO en un mundo invisible lleno de
fenómenos inexplicables. Como aquella noche en Oro Verde…
Era la temporada en que yo dormía al lado derecho de la
cama. Me tomó algún tiempo entender por qué cuando Abbie reorganizaba el cuarto
y movía la cama de posición, a veces me “tocaba” cambio de lado para dormir;
pero otras veces no. Por años traté de encontrar un patrón lógico a este
comportamiento. No fue sino hasta que noté cómo elige el lugar donde sentarse
en un restaurante (en la butaca de la esquina del fondo) y en nuestro comedor
(en la esquina del fondo) que entendí que, sin importar la ubicación u
orientación de la cama, siempre elige dormir en el lado más cercano a la esquina
del fondo. No importa si es a la derecha o a la izquierda. “¡Ah!”, dirá alguno,
“Entonces sí hay una explicación lógica”. Yo no me apresuraría a sacar
conclusiones. Porque sólo puedo explicar su comportamiento de tres maneras, y
no son muy científicas que digamos.
La primera: Feng shui,
la práctica mística milenaria china sobre cómo ubicar y orientar los objetos
para atraer “mejores vibras”. Abbie niega esto rotundamente. La segunda: Quizás cuando Abbie era niña, un perro
sarnoso se metió en su cuarto y orinó el lado de la cama más cercana a la
puerta. De no haber sido porque ella estaba acostada del lado de la esquina del
fondo, la habría despertado de su plácido sueño. No que le haya preguntado,
pero estoy seguro que Abbie negaría esto rotundamente.
Lo cual me trae a la tercera y única explicación válida: Que no hay explicación
científica. Que mi Dios creó a mi mujer como un espléndido coctel de risas,
libertades y contradicciones; la gran mayoría de las cuales no puedo explicar,
pero que, admito, son las cosas que me mantienen enamorado de ella, sea verano
o sea invierno.
Así que aquella noche en Oro Verde, Abbie dormía del lado más
cercano a la esquina del fondo y la pequeña Hansi en su cuna en el cuarto
adjunto. Yo dormía del lado derecho cuando mi sueño se tornó en pesadilla. Tras
mucho forcejear, logré despertarme, pero tenía miedo de moverme o hablar. Un
frío espantoso recorría mi espalda. De alguna manera tenía la certeza de que
había alguien extraño en mi habitación. ¡De repente Hansi gritó! Abbie se
despertó sobresaltada y yo salí de mi parálisis. Fuimos a ver Hansi. Aunque todo
estaba en orden, no lograba entenderlo y no me gustaba en lo absoluto.
El día siguiente “asustaron” a Abbie. Ella estaba sola en casa
cuando “alguien” tiró una puerta. Por la noche, mi pesadilla volvió. Pero esta
vez recordé, en medio del sueño, que “todo aquel que invocare el nombre del
Señor, será salvo”. En mi espíritu sabía que si llamaba al Señor Jesús, todo
estaría bien; pero era como si alguien me tenía tapada la boca. Me esforcé. No
sólo en el sueño, sino que de alguna manera, extendí mi mano a mi mandíbula rígida.
En una acción que se manifestaba en el ámbito consciente al igual que en el
sueño, logré abrir mi boca y clamar: ¡JESÚS!
De inmediato desperté y el terror desapareció.
Por la mañana, oré más acerca de este asunto. El Espíritu
Santo me enseñó sobre el poder del nombre de Jesús y el ungimiento. Me enseñó en
la Biblia sobre cómo operan los brujos y el castigo que les espera. Conforme a
su consejo, transcribí en dos hojas de papel los versos que expresan la sentencia
de aquellos que no se apartan de su maldad. Ungí con aceite las puertas de
entrada a la casa y clavé en ellas las escrituras, como advertencia para el visitante
nocturno. Como no entró el heridor a la casa de los hebreos en la Pascua, el visitante jamás volvió a la mía.
Hace unas dos semanas, ya en Campo Dos, noté cierta humedad
en el marco superior de la puerta de mi cuarto. Sólo lo noté porque al salir,
desde cierto ángulo, la luz hizo notar una diferencia en el barniz de la
puerta. No le habría prestado mayor atención, de no ser porque vi la misma
marca en la puerta del cuarto de las niñas. Le pregunté a Abbie, pero ella no
había sido. Yendo al cuarto de Ian, encontré la misma marca. Me acerqué para
tocarla, y era aceitosa. Encontramos otras marcas en las demás puertas y en
algunas paredes. La mayoría son amorfas, del tamaño de la palma de la mano de
un hombre, aunque en una o dos se logran distinguir los dedos.
De todas las personas con acceso a nuestra casa en estos
días, todos aseguran no ser los autores. Quizás alguien miente. O quizás fue un
ángel. Pero sea quien sea, nadie unge sus puertas y paredes con aceite si no es
porque cree en el poder del ungimiento y, más aún, en el Dios invisible que cuida
de nosotros en maneras que no siempre entendemos.

No comments:
Post a Comment