Thursday, July 3, 2014

El Deseo De Una Casa


Era el año 2005, y meditaba en las tres peticiones que le había hecho al Señor el día que entregué mis primicias a principio de año. Nos había dado el hijo: Ian Eliseo. Nos había dado el carro: Suzuki Ignis. Quizás debería darme por satisfecho con eso. Después de todo, realmente no NECESITABA una casa propia. La casa que alquilaba en Oro Verde era suficiente para nuestras necesidades, excepto porque no podíamos hospedar a los viajeros que venían a los eventos de MUNA. Y eso había estado molestándonos a Abbie y a mí.

Hasta donde yo sabía, sólo había una razón bíblica para aspirar a una casa propia: hospedar forasteros. Cualquier otra motivación es bastante terrenal: estatus, estabilidad, vanidad. Hacía ya mucho tiempo mi padre me había enseñado que una casa no es una inversión financiera como muchos creen, sino un gasto. Si acaso, es una inversión emocional. Para efectos meramente financieros, sale más barato alquilar.

Pero hospedar forasteros, esa sí es la manera divina de administrar una casa. Y cada vez que había un evento en MUNA y mi madre preguntaba quién podía alojar a alguno de los viajeros, mi corazón se dolía porque no teníamos el espacio. O al menos eso pensaba.

El dormitorio principal era, por supuesto, para Abbie y para mí. En el siguiente dormitorio dormían Hansi, nuestra primogénita, y su hermano recién nacido. Había otra habitación, pero cumplía la función de bodega y estudio a la vez, y no tenía puerta. Aún la ducha del baño que servía a los dos dormitorios pequeños había sido transformada en almacén. ¿Cómo hospedar a alguien bajo esas circunstancias?

Pues el Señor se las ingenia siempre, y nos cambió las circunstancias de manera que nos vimos obligados a alojar a un familiar sin mucho preaviso. De emergencia reubicamos el calachero, instalamos la puerta y habilitamos la ducha. Y alojamos nuestro primer huésped. Aprendí que cuando realmente queremos servir al Señor, encontraremos la manera.

Ahora quería una casa propia. No para mí mismo, sino para poder servir al Señor alojando a los visitantes que Él enviare. Pero viendo que ya tenía el hijo y el carro, me preguntaba si estaba siendo avaro. Después de todo, estaba trabajando en ampliar el templo, y mi admiración por el Rey David nubló mi discernimiento, pues me encontré pensando que el Señor no me construiría casa a mí, sino yo a Él. Profundo o absurdo, lo acepté así no más. Gracias, Señor, por nuestro hijo y por nuestro carro; creo que realmente no necesitaremos la casa.

En eso llegó mi hermana Mirlen, diciéndome que llevaba varios días cargando en su cartera un obsequio que había comprado especialmente para mí. Nunca lo habría imaginado. Era una casita de barro.

No comments:

Post a Comment