Era el año 2005, y meditaba en las tres peticiones que le
había hecho al Señor el día que entregué mis primicias a principio de año. Nos
había dado el hijo: Ian Eliseo. Nos había dado el carro: Suzuki Ignis. Quizás
debería darme por satisfecho con eso. Después de todo, realmente no NECESITABA una
casa propia. La casa que alquilaba en Oro Verde era suficiente para nuestras
necesidades, excepto porque no podíamos hospedar a los viajeros que venían a
los eventos de MUNA. Y eso había estado molestándonos a Abbie y a mí.
Hasta donde yo sabía, sólo había una razón bíblica para
aspirar a una casa propia: hospedar forasteros. Cualquier otra motivación es
bastante terrenal: estatus, estabilidad, vanidad. Hacía ya mucho tiempo mi
padre me había enseñado que una casa no es una inversión financiera como muchos
creen, sino un gasto. Si acaso, es una inversión emocional. Para efectos
meramente financieros, sale más barato alquilar.
Pero hospedar forasteros, esa sí es la manera divina de
administrar una casa. Y cada vez que había un evento en MUNA y mi madre preguntaba
quién podía alojar a alguno de los viajeros, mi corazón se dolía porque no
teníamos el espacio. O al menos eso pensaba.
El dormitorio principal era, por supuesto, para Abbie y para
mí. En el siguiente dormitorio dormían Hansi, nuestra primogénita, y su hermano
recién nacido. Había otra habitación, pero cumplía la función de bodega y
estudio a la vez, y no tenía puerta. Aún la ducha del baño que servía a los dos
dormitorios pequeños había sido transformada en almacén. ¿Cómo hospedar a
alguien bajo esas circunstancias?
Pues el Señor se las ingenia siempre, y nos cambió las
circunstancias de manera que nos vimos obligados a alojar a un familiar sin mucho
preaviso. De emergencia reubicamos el calachero, instalamos la puerta y habilitamos
la ducha. Y alojamos nuestro primer huésped. Aprendí que cuando realmente
queremos servir al Señor, encontraremos la manera.
Ahora quería una casa propia. No para mí mismo, sino para
poder servir al Señor alojando a los visitantes que Él enviare. Pero viendo que
ya tenía el hijo y el carro, me preguntaba si estaba siendo avaro. Después de
todo, estaba trabajando en ampliar el templo, y mi admiración por el Rey David nubló
mi discernimiento, pues me encontré pensando que el Señor no me construiría
casa a mí, sino yo a Él. Profundo o absurdo, lo acepté así no más. Gracias,
Señor, por nuestro hijo y por nuestro carro; creo que realmente no
necesitaremos la casa.
En eso llegó mi hermana Mirlen, diciéndome que llevaba
varios días cargando en su cartera un obsequio que había comprado especialmente
para mí. Nunca lo habría imaginado. Era una casita de barro.

No comments:
Post a Comment