Wednesday, July 16, 2014

El Buen Diseño


En arquitectura, como en cualquier otra disciplina, hay reglas. Muchas reglas. La forma sigue la función. Respete la escala humana. No alinee puerta tras puerta tras puerta a manera de crear un corredor que cruce toda la casa. Las reglas son buenas. Hasta que no lo son y es hora de romperlas. Porque a veces el cliente es completamente emotivo y no tiene el mínimo interés en lo práctico. Porque a veces el diseñador quiere que el usuario sienta lo pequeño que es el ser humano. Porque a veces la cliente lo que quiere es simetría.

El primer diseño que hice para nuestra casa no tenía demasiadas aspiraciones. Ni el segundo. De hecho, es probable que los haya perdido por completo, sin mayor dolor. Pero los tres siguientes fueron merecedores de mi admiración, aunque lo diga yo mismo. Los convertí en paneles de colores, laminados como lo hacen en las inmobiliarias. Aunque no habían logrado satisfacer el yo-no-se-qué de mi esposa, seguramente tendrían futuro con otros clientes. Pero eso sería en otra temporada, pues la única clienta que me interesaba por ahora era Abbie. Después de todo, era nuestra casa y yo quería diseñarla a su gusto.

No es que no me interesaran mis propias preferencias, sino que, una vez encontrara lo que era verdaderamente importante para ella, sabía que podría incorporar lo que fuese verdaderamente importante para mí. Habiendo fallado ya en cinco intentos, seguramente en el sexto daría en el blanco.

El diseño número seis comenzó como cualquier otro: tratando de conocer las necesidades y los deseos de la clienta, para conceptualizarlos e interpretarlos en la forma de una casa. Pero un deseo particular de mi clienta resultó ser muy escurridizo. Había algo que, por más que tratara, no lograba identificar. Lo más frustrante era no saber qué era. Había incluido todos los elementos que ella mencionó, pero cuando le presenté el diseño final… Mmm… No sé… Está bonita, pero… ¿PERO QUÉ? Ya tiene tres dormitorios, sala, comedor, cocina, lavandería, garaje. ¿Qué hace falta?

Para construir un arco, a partir del nivel superior de los postes verticales y al interior de éstos, se arma un encofrado - un molde de madera que soportará durante la construcción las piezas que forman la parte curva del arco. Las piezas se van colocando desde los postes hasta el punto medio del arco en la parte superior. Cuando ambos segmentos están por tocarse, se coloca la última pieza, llamada clave. La clave es generalmente más grande que las demás piezas y hace posible que el arco pueda soportar peso. Una vez colocada la clave, se puede retirar el encofrado; el arco no se caerá. En sentido metafórico, mi diseño número seis no funcionaba porque le faltaba la clave. Hasta que Abbie mencionó que, en la fachada principal, le gustaría tener una puerta roja al centro.

No debemos desechar los primeros seis diseños como pérdida; eran un proceso de aprendizaje. Ahora podía sumar el hecho de que mi esposa quería una casa con una puerta roja al centro, y esto era mucho más que una cereza decorativa encima de la banana split. Esto influenciaría todo el diseño porque en esencia significaba que quería una casa con planta simétrica. Poco importaba si esto me llevara a romper muchas de las reglas de la Escuela de Arquitectura. Mi clienta era (y es) la mujer a la que amaba (y amo) entrañablemente. Si quería una puerta roja al centro, ¡tendría una puerta roja al centro!

Cuando comenzamos a orar por nuestra casa, no fue por vanidad, ni por comodidad, ni por inversión. Fue para poder hospedar a los visitantes a los eventos de MUNA. El diseño de nuestra casa responde a esa premisa antes que a cualquier otra. Tiene tres habitaciones grandes – cada una con espacio para seis personas cómodamente (o diez personas en camarotes) – con baño privado. De ser necesario, puedo ubicar a mi familia en la habitación de la planta baja y hospedar a veinte en planta alta. Tendrían que hacer fila para usar el baño, pero al menos todos tendrían una cama donde pasar la noche y una mesa a la cual comer. Tan comprometidos estábamos con esto, que ni siquiera fuimos nosotros quienes estrenamos la casa; fueron unos visitantes mexicanos. Pero esa es otra historia...

Rompí muchas reglas para llegar al diseño final de nuestra casa. Si abro tres puertas en la planta baja, puedo pararme en el garaje, a un extremo del lote, y verme en el espejo del baño que está al otro extremo. ¡A mis maestros les daría un infarto! Pero estoy convencido de que cuando mi Padre en los cielos vio el diseño, sonrió. Como también sonrió Abbie cuando vio la fachada. Con una puerta roja al centro.

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