Este es el problema: la cultura de este mundo entrena para seguir instrucciones, pero no para asumir responsabilidad. Como resultado, el estudiante estudia para el examen, pero no para la vida. El empleado hace su trabajo, pero no camina una milla extra. El padre hace dinero para alimentar a los niños, pero no sabe qué hace su hijo en internet a media noche.
Al final, cuando los resultados son amargos, inicia la cacería
de culpables. “¡El maestro no dijo que eso entraría en el examen!” “¡A mí no me
toca limpiar el desorden de Juan!” “Yo me mato trabajando, ¿y así me pagas?” Donde
el lenguaje del Reino de Dios dice responsabilidad,
el lenguaje del diablo dice culpa.
La iglesia apenas está siendo transformada. Entre tanto que llega
lo perfecto, la complacencia del que sólo sigue instrucciones dice “Cuando Dios
tenga un trabajo para mí, se lo hará saber al pastor.” De manera que la mies
sigue siendo mucha, y los obreros pocos.
La buena noticia es que estamos renovando nuestras mentes;
cambiando paradigmas. Nuestra senda es como la luz de la aurora, que va en
aumento. Aquí y allá se despierta uno y otro. Se levantan de su sopor y se
sacuden el polvo. No dicen “Señor, envía a mi hermano”, sino que toman sus
armas y salen a la guerra. Sin alarde. Sin fanfarroneo. Sin bombos ni
platillos. Sin fama ni aplausos. Simplemente ponen su mano en el arado y
comienzan a labrar, puesta la mirada hacia adelante.
No esperes recibir nuevas instrucciones si no has cumplido
las viejas. Recuerda que el que es fiel en lo poco es promovido a algo mayor.
¡Vamos! Ofrécele tu vida al Señor como un sacrificio vivo. ¡Ponte a trabajar! El
trabajo en el Reino de Dios es duro y nunca termina. ¡Pero el galardón es
eterno!

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