Después
del nacimiento de cada uno de nuestros hijos, siempre hubo una cita de control
con el ginecólogo. Entre sus recomendaciones, siempre hizo mención del sofá del
dormitorio como el lugar ideal para amamantar al bebé. El asunto es que
nosotros no teníamos tal sofá. Pero oyéndolo hablar, uno pensaría que todo el
mundo tiene un sofá en su cuarto. Nuestros muebles dicen mucho acerca de dónde
venimos. Nuestro médico es de familia árabe.
Desde que salí de la universidad hasta que
me casé, mis muebles fueron utilitarios. Los bancos del desayunador los compré
en el mercado. Y la mesa del comedor surgió cuando mandé desarmar un carrete de
madera (de los que se usan para enrollar mangueras industriales) y ponerle
cuatro patas. Mi cama la había mandado a hacer mi papá – base de madera de san
juan, colchón sencillo – cuando yo era un chico. Los muebles de mimbre de la
sala tienen casi mi edad; aún recuerdo cuando me escondía dentro del sillón.
Cuando nos casamos, Abbie comenzó su ardua
tarea de domesticarme. (¡Todavía no termina!) La mesa de carrete cedió el paso
a una más decente que compramos en un viaje a Valle de Ángeles. La cama unipersonal
pasó a otra recámara para dar lugar a la cama matrimonial que Abbie importó de la
casa de sus padres junto con un aparatejo que se pone atrás de la cama y que,
según dicen, se llama “respaldar”.
Con la llegada de Hansi, mi mesa de dibujo de
madera de caoba en barniz natural se convirtió en un cambiador laqueado en
blanco. De un tronco de san juan que compré en la calle sin saber que era
ilegal, Abbie mandó hacer un lindo gavetero. Con cada bebé, Abbie se hizo de
una mecedora para amamantarlos. (¡Menos mal que no fueron sofás!) La cuna que vio
crecer nuestros tres bebés fue un obsequio de mi madre.
En fin, esa cuna hoy está en otra casa,
viendo crecer a otro bebé. Una de las mecedoras y su pareja están en el porche
de nuestra casa. El cambiador volvió a ser mi escritorio, complementado por un
hermoso tablón que me regaló Jorge Velásquez. La mesa del comedor es ahora otra
y nuestra cama es otra, pero conservamos los muebles de mimbre y la cama de san
juan.
En mi experiencia, cuando uno llega a tener
su propia casa, es mejor no afanarse demasiado por amueblarla. Los muebles encierran
historias en sus tapices. Unos son viejos, otros nuevos. Unos vienen, otros
van. Unos se compran, otros se heredan. No te apresures en escribir tu historia
en un solo día. Si Abbie y yo hubiésemos salido a endeudarnos para amueblar la
sala sólo porque estaba vacía, seguramente nuestros amigos no nos habrían
regalado los preciosos muebles que hoy tenemos. O la cama de Ian. O la mesa de
picnic del patio. O tantas otras piezas que, si bien son materiales y
perecederas, para mí son un reflejo del Padre bueno que tenemos en el cielo,
que sabe de qué cosas tenemos necesidad.

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