Esta tarde recibí en mi celular una llamada de una
hermana de la congregación - llamémosla Tremebunda. Contesté y saludé, pero lo
que recibí en lugar de una respuesta fue una ventana de acceso directo a la
regañada olímpica que Tremebunda le propiciaba a uno o más de sus chiquillos.
Debo decir que no es la primera vez que a un miembro de mi feligresía se le
marca mi número inadvertidamente, y confieso que a veces he sentido el deseo de
escuchar lo que pasa al otro lado de la línea. Pero como siempre han triunfado
la gracia y la buena educación, también en esta ocasión. Tras cerciorarme que
nadie iba a morir de una paliza, colgué.
Ahora bien, el pensamiento que ha quedado revoloteando
en mi cabeza es éste: Hasta este día, siempre pensé que Tremebunda era una
mansa palomita. Pero hoy he tenido un atisbo del lado oscuro de mi hermana. No
la juzgo; seguramente los niños se merecían el escarmiento. Pero nunca antes
había presenciado esa parte de la vida de mi hermana. ¿Acaso no tenemos todos
un lado áspero? ¿Y acaso no lo escondemos todos de los demás?
Se me ocurre que, así como le sucedió a Tremebunda,
todos tenemos una llamada abierta con nuestro Creador. Sin darnos cuenta,
nuestra conciencia marcó al Santo y la línea ha permanecido despejada toda nuestra
vida. El Señor conoce perfectamente nuestro lado oscuro. Él conoce nuestra
perversión. Y a pesar de ello, nos amó. Y nos sigue amando. Y nos amará hasta
el fin.
Oro que mi hermana Tremebunda tenga en medio del
trajín de cada día la paz y el reposo que sólo Cristo nos da. Ruego al Padre
que todos encontremos la gracia para aceptarnos a nosotros mismos y unos a
otros a pesar de nuestras imperfecciones. Que podamos amarnos cómo Él nos ha
amado: incondicionalmente y a pesar de nosotros mismos.

No comments:
Post a Comment