El pasado martes sacamos nuestra reunión de discipulado del molde habitual. Salimos del templo. Nos fuimos a una casa. Preparamos comida. Invitamos a cenar a personas desconocidas a la mayoría de nosotros - pobladores de los bordos. Algunos hermanos llevaron zapatos para los niños invitados. Nadie dio una enseñanza, pero ha sido una de las enseñanzas más poderosas que hemos recibido. Nadie pasó a un llamado a recibir a Jesús, pero si alguien hubiese hecho dicho llamado, creo que yo habría sido el primero en pasar.
Mientras esperábamos la llegada de los hermanos que faltaban, nuestra anfitriona ofreció rambutanes a los niños y dejó una canasta llena sobre la mesa. Los niños se miraron entre sí, incrédulos. "¡Vayan! ¡Agarren!", dijo la mamá de tres de ellos. Los niños se hicieron un nudo para conferir entre sí. Finalmente un chico de unos siete años tomó valor y se acercó lentamente a la canasta. Tomó un rambután y salió corriendo con gran sonrisa. Otro lo siguió e hizo lo mismo. Luego una niña tomó tres de una vez. Antes de que pudiésemos hacer chiste de su voracidad, corrió donde su mamá. La fruta no era para sí sola, sino para compartir. A veces es la gente más necesitada la que también es la más generosa.
Hermanos míos amados, oíd: ¿No ha elegido Dios a los pobres de este mundo, para que sean ricos en fe y herederos del reino que ha prometido a los que le aman? Santiago 2:5
Mirando a mi alrededor, noté que las personas que más estaban siendo disfrutadas por nuestros invitados no éramos los que más tiempo llevamos de ser cristianos, ni los que más discipulados bíblicos hemos cursado, ni los que sabemos profetizar; sino los más sencillos de corazón. Aquel que deleitó a los niños haciendo la voz del Pato Donald. Aquella que sirvió abundantes platos de arroz chino. Aquel que platicó con ellos toda la noche como si fuesen amigos de la infancia.
Algunos de mis feligreses esperaban que yo tomaría la palabra. Dudo que mi teología hubiese impresionado. Un hermano oró dando gracias y la presencia del Señor me conmovió tiernamente. A veces nos complicamos. Dios tan sólo busca corazones sencillos que le amen sencillamente. Y esa es una lección que necesito aprender de mis hermanos los pobres.
Hechos 29
ReplyDelete¡Jaja, buenísimo!
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