Wednesday, May 7, 2014

El Altar en el Campo

Ian (8) corría adelante sin prestar mucha atención a mis advertencias. Joy (3) luchaba por distinguir entre la emoción y el miedo mientras se balanceaba sobre mis hombros, teniendo cuidado de no mancharse de la sangre que salía del lado de mi cabeza. Inadvertidamente me había golpeado con una rama espinosa, clavándome la espina que luego Ian había tenido que remover. Pero lo que realmente me preocupaba era la manada que, antes indiferente, luego curiosa, ahora nos desafiaba. Sin quitarnos la mirada nos acorralaron, bufando y brincando como una pandilla en defensa de su territorio.

Un último intento por cruzar el campo hacia la loma que era nuestro destino resultó infructífero, pues la manada nos cerró el paso. Lo más importante ahora era llevar a los niños a un lugar seguro. Nos hicimos hacia el fondo del potrero, las vacas tras nosotros. Logramos pasar entre las líneas de alambre de púas y a través del zanjo hasta el camino que conecta los distintos potreros. Aliviados, los niños comenzaron a correr por el sendero. Al otro lado del cerco, las vacas los seguían. “¡Papi, las vacas están corriendo con nosotros!”, gritó Joy.

El nuevo plan era recorrer el sendero hasta el potrero donde estaba la loma. Allí podríamos cruzar, porque no había vacas. Pero viendo a la distancia noté las siluetas de cinco hombres. No eran vaqueros, pues no miraba caballos. Tampoco vivían allí, pues no hay casas cerca. En eso, la vocecita de Joy: “Papi, quiero ir al baño”. Tal parecía que hoy no sería el día.

Regresamos a casa por otro camino. Aunque habíamos pasado un rato emocionante, en mi pecho llevaba el peso de no haber llegado hasta la loma. La loma donde hace unos dos años llegamos con Ian a adorar al Señor. Un día salimos a explorar el campo y nos detuvimos cuando llegamos a la loma. Sin planearlo, comenzamos a cantar al Señor. Canciones viejas. Cánticos nuevos. Había querido regresar desde hace unos meses. Cuando se lo mencioné a Ian, respondió en protesta: “¡Es lo que yo te he estado diciendo ya días!”

Esta semana, mi bella esposa tuvo que salir a hacer unas compras importantes y me encontré en casa con la responsabilidad de nuestros tres hijos. Ahora, todo padre sabe que la mejor manera de evitar que tres niños aburridos de edades distintas se maten entre sí o que te vuelvan loco es sacarlos al campo. Que corran. Que griten. Que salten.

Esta vez llevé mi guitarra y tomamos otro camino. Uno sin vacas. Y para lograr que Hansi (12) nos acompañara gustosamente, la nombré la fotógrafa oficial de la expedición. Con Ian a la delantera, cruzamos el potrero hasta llegar a la loma. Cantamos. Ian reclamó por qué él no podía tomar fotos. Joy encontró mi armónica. Ian reclamó por qué él no podía tocar la armónica. Hicimos música. Encontramos una araña. Oramos. Visitamos las vacas (desde nuestro potrero). Seguimos caminando hasta que las vacas perdieron interés en nosotros y cruzamos su potrero rumbo a casa.

Es bueno volver a visitar los altares que levantamos al Señor. Se reafirman los pactos entre Él y nosotros. Abajo puedes ver las fotos de Hansi. (Y algunas de Ian.) Mi único pesar es que mi esposa no pudo acompañarnos. Seguramente la próxima vez.

El altar en el campo by Slidely Slideshow

2 comments:

  1. Una decisión muy sabia como Padre, llevar a los niños a quemar energías antes que se coman entre ellos. Leí con más detenimiento esta vez y le encuentro un mayor sentido a lo aprendido anoche en el discipulado.

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