En una oscura habitación del Hotel El Sol de
Puerto Lempira, aprovecho mis últimos minutos de carga para escribir sobre los
acontecimientos de esta semana. Aunque los dos proveedores de electricidad han cortado
el servicio por hoy, el espíritu de la ciudad está bañado en el resplandor de
la gloria del Señor. Tal ha sido Su visitación esta noche.
Cuando salimos de La Lima el pasado lunes Aldo, Enrique, Manuel y yo, teníamos un itinerario que nos llevaría por tierra a La Ceiba (donde grabaríamos al trompetista que conocimos en un evento anterior de Adoremos) y por aire hasta la Puerto Lempira el día siguiente. Pero ningún plan humano podría prepararnos para el contraste cultural entre La Moskitia y el resto de Honduras. ¡Nunca nos habíamos sentido tan extranjeros en nuestro propio país!
La pista de aterrizaje, al igual que todas las calles, es de barro rojo. Hay casas de madera suspendidas sobre ramas junto a construcciones de cemento, aluminio y vidrio. Los perros aguacateros que estoy acostumbrado a ver en La Lima, aquí son remplazados por zopilotes – en la calle así como en los patios. Aquellos que vinieron de otras ciudades a poblar Puerto Lempira todos parecen estar en transición, como esperando el día en que podrán irse de este lugar. Y los miskitos, a pesar de que mezclan su idioma con español y te llaman “vos” aunque no te conozcan, logran hacerte sentir que eres tú quien está visitando su tierra. Su cultura es muy propia, y muchas cosas simplemente no se traducen claramente al ámbito al que estoy acostumbrado.
Teniendo sólo tres días para edificar un altar de adoración al Señor con el cuerpo de Cristo en la ciudad, tendríamos que ser sabios. Primero me aseguré de tener un buen respaldo de oración en casa. En el equipo compartimos todo lo que cada uno percibía en el espíritu. Una vez identificamos las luchas espirituales, distribuí tareas no tanto en base a experiencia, sino en base a cómo mantenernos fortalecidos como equipo. De manera que Manuel entrenó músicos, Enrique activó danzoras, Aldo formó cantores, yo enseñé, y todos dirigimos tiempos de oración. Por las noches, todos colaboramos en levantar el altar a Jehová.
Desde antes de salir
de casa estuve claro en que esta misión sería un entrenamiento espiritual para
el equipo. Sé que el Señor está complacido y que hubo conmoción en los aires de
La Moskitia. Pero lo que el Espíritu Santo forjó en nuestros corazones, eso nos
lo llevamos con nosotros.

Fue una experiencia inolvidable!
ReplyDeleteNunca se me olviará, Dios hizo y Dios obró, a Él sea la gloria.
ReplyDelete¡Bueno es Dios siempre fiel!
ReplyDelete